Te encontré,
allí dónde me había perdido,
cruzando la calle de la esperanza,
entre soledades y miedos.
Dónde se guardan los retos,
ilusionados tristes en un mundo mejor,
entre principios y finales,
consumiendo excesos.
Y te encontré sin GPS, ni Maps Googles.
Porque no hay destino si improvisamos,
A bordo de mis días, me fui dando cuenta,
que ya estabas en mi pecho,
malgastando emociones, blasfemando cuentos.
Oh, en una suerte de rueca ancestral.
Y te encontré desnuda,
con la ropa de esos días,
abierta en alas de melancolía,
sumada al fuego de tu existencia,
y a la precaria manera de mirar,
que tienen mis ojos yertos,
por tantos olvidos, y tanto recuerdos.
Querida, no pienses que no te quiero.
Lo cobarde a veces se torna más fuerte,
que mis eternas voluntades,
pues te quiero más de lo que imaginas,
porque te imagino, más de lo que te quiero.
Y ahora, qué hago con lo hallado.
Si se mezcla el día con lo absurdo,
y evito el reencuentro con mi ego,
que me ha llevado por sórdidos caminos,
cuando aún, desdibujados mis versos,
encienden formas y curvas entre mis dedos.
No hay valor más irrealizable
que el desencuentro torpe, entre dos sueños.
Toma mi mano, tómala.
No me dejes caer, ni aquí ni ahora,
abrá de levantarse mi Ulises,
del fuego, del viento,
que ha hecho del orden, caos de vida,
mendigando en la suerte y en los excrementos,
la furia y el coraje. Yo, viejo guerrero
he muerto en vastas batallas, nunca peleadas en el tiempo.




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