Escuchar a nuestros Adultos Mayores
Por Gustavo Juan Pérez *
A los adultos mayores les place en general realizar una revisión de la vida y en especial la reminiscencia. En los mejores casos esta revisión produce un sentimiento de bienestar, serenidad y orgullo, con efectos adaptados al contexto actual en que viven.
Esta tendencia de los viejos a contar su propia historia, tiene efectos terapéuticos indudables, más allá que se produzca por fuera de los dispositivos psicoanalíticos o psicológicos – institucionales. Es así que cuanto más viejo son, cuanto más distancia hay entre el relato y los hechos, le permite al adulto mayor re-significar sus recuerdos e historizar su presente.
Estos comentarios surgen de la experiencia con ancianos y el trabajo en grupo, donde como “síntoma” de un buen envejecimiento, - “envejecimiento pleno” -, en palabras del Dr. Valderrama, el anciano evoca experiencias autobiográficas, remitidas a eventos y personas o personajes significativos de su pasado, ligado a vínculos que portan una alta carga energética emocional y valorativa. La reminiscencia no es nostalgia, aunque ésta suele colarse entre las hebras del discurso, actuando como facilitadora del proceso de revisión de su propia historia.
La primera gran conclusión que podemos inferir cuando escuchamos con atención a los adultos mayores, es que no podemos hablar de vejez, sino de vejeces, porque el envejecimiento es un proceso diferencial y el discurso, es un producto simbólico que denota y connota este rasgo diferencial.
Las vejeces expresa diversidad y la diversidad expresa enriquecimiento a pesar y a favor de los años, no importa, porque la edad ha perdido peso como categoría explicativa y hoy, son otros los fenómenos del envejecimiento que ganan terreno. Varían los tiempos, varían las necesidades, varían los contextos. Todo cambia “ y que yo cambie no es extraño” dice Mercedes Sosa en su canción y, se comprueba en nuestros adultos mayores de hoy que nos obligan a una revisión permanente y dinámica de la geriatría y la gerontología, que como ciencias, arte, disciplinas, deben estar en un constante actualizar – actualizándose.
Si hay diferentes maneras de envejecer, es porque también hay diferentes modalidades de afrontamiento frente al envejecimiento y, diferentes respuestas adaptativas o des-adaptativas, cualquiera sea el espacio social en el que éstas emerjan.
Si el envejecimiento no es una entidad homogénea, es que no puede aislarse y esta implicado en los mecanismos sociales, en todos, incluyendo la distribución del poder y la riqueza que se juegue en la sociedad en que se produce. Es por eso que más allá de estos factores macro, existirán otros singulares, privativos de esas subjetividades que se expresan, que nos hablarán de una historia de estereotipos, atribuciones de roles y expectativas de conducta, que incluso se diferencian por cuestiones de género.
Escuchar con atención, interpretar las necesidades y estar a la altura de las circunstancias frente al discurso de un adulto mayor o no, es una responsabilidad imprescriptible del gerontólogo.
María Luisa, de 62 años, transmite en sus dichos cierta melancolía aunque también vitalidad: “A los 10 años, tuve que dejar de estudiar, porque papá necesitaba que trabajemos”. “ A los 16 años conocí a quien sería mi esposo, me casé a los 18 años y a los 19 ya era madre”. “Sin embargo, a los 25 años y ya con dos hijos, volví a a trabajar. La necesidad lo exigía”. “Trabajar siempre me permitió tener cierta independencia y ganar seguridad, aunque me restó tiempo con mis hijos y, en las tareas de la casa”. “Hoy ya estoy jubilada, mis hijos hacen sus vidas y al quedarme viuda a los 55, por suerte siempre trabajé y hoy, lo sigo haciendo, algunas cosas en casa, ayudo como voluntaria”. “Lo peor que puede pasarme es quedarme quieta y yo me siento con fuerzas todavía”. “Creo que mi vida es buena, porque siempre pude trabajar y mantenerme. No, no le tengo miedo a la muerte, le tengo miedo a enfermarme y no poder seguir haciendo cosas. No quiero ser una carga para mis hijos. Ya les dije que cuando no pueda valerme por mí misma, me internan en un geriátrico de esos municipales y listo.” “Me engancho a hacer muchas cosas, por eso empecé a venir acá”.
Filomena, de 82 años, se diferencia de María Luisa. Es de otra generación. Es obrera jubilada, tampoco completó la primaria. Su infancia la refiere como que “no fue buena”. Su padres fallecieron cuando ella tenía apenas 7 años y quedó al cuidado de una tía mayor y de su hermano mayor. En total fueron 7 hermanos. Ella fue la mas chica.
También salió a trabajar a muy corta edad, dejando atrás una escuela dónde era pupila y “le daban de comer, pero no se aprendía nada”. Tuvo varios trabajos hasta que aprendió a coser e ingresó como costurera en el ejército, trabajo que le dio cierta estabilidad, aunque nunca ganó demasiado. Se jubiló como costurera. Se casó a los 16 años y a los 25 ya era madre de 2 hijos. Su experiencia matrimonial no fue buena. “Mi esposo tomaba, a veces nos pegaba y siempre me fue infiel”. “Ese infierno duró 1 año, hasta que pude separarme y nos fuimos a vivir lejos con mis hijos, me trasladaron en la marina y empezamos otra vida.” “Hoy me siento bien de salud, con algunas tonterías, pero lo que mas me embroma es la tristeza que siento que se me fue la vida”. “ “Cuando uno de mis hijos se casó, me volví junto a él a Buenos Aires”. “Me construyó una piecita al fondo. El es bueno conmigo, su mujer también. No tuvieron hijos, parece que ella no puede, pero igual me siento bastante sola.” “Venir a las reuniones me distrae un poco, pero vengo poco. Me canso.”
* Director CESA – Centro de Estudios Sociales Argentino


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