Play again. And again. Game is not over, yet. Never.
Puedo definirme
como un luchador de la ironía cotidiana. Soy uno más entre millones de humanos
embarcados en sueños y yerros, amores y traiciones, relatos y espejos.
Construí mi
propio laberinto, entre mis intentos por hacer, sin saber cómo ni cuándo, con
des-prolijas palabras, y ordenados y alienados discursos.
Es la locura una
eterna compañera. Expedicionaria y coautora de mis valles y escarpados
quehaceres, dulces sonrisas, amargos dolores, resilientes mates inaugurando
días y lunas escondidas, aún latentes, que abrazaron noches.
Lo que se dice
un loco lindo, solitario, abierto a los reencuentros, plagado de
contradicciones y sortilegios, maniático del sexo, del buen vino y las mujeres,
dentro de las posibilidades, y ajustado a criterios propios.
Entiendo la
belleza como un manojo de voluntades, en clara intención por elevar mi
espíritu. Atravieso planicies y mesetas, ríos y lagos, montañas y acantilados,
en un viaje, que inicio cada día, y que no tiene más destino, que el camino que
me propongo.
El amor me ha
tocado varias veces, y a pesar de temores, me he embarcado en sus encantos,
pagando precios altos o cobrando de alguna manera. ¿Pero quién no los ha
pagado?? Quien no se asoma, tan solo por verle el rostro una vez. Ajeno a los
presagios, me encaramo en una suerte de sentir y sentir, dar y dar, descuidando
a veces lo más importante, que es amarme a mí mismo, para ser mejor cuando amo.
Algunas veces
mis viajes tuvieron el encanto familiar del desayuno cotidiano, la pesada carga
de las responsabilidades y los compromisos. Pero también, el compromiso con mis
responsabilidades y mis obligaciones. Hacedor y dador de derechos y voluntades,
maestro con caricias y con palabras, con gestos, y con hechos.
Esfumado entre
mitos, verdades e ilusiones, completé los ritmos y mandatos, aún a pesar de
tener que volar muy bajo, en tormentas, que laceraron mi espíritu, perforaron
mi alma. Me socorrieron. Me ahogaron.
Fueron los
tiempos de un largo caminar, sin poder detenerme a observar los paisajes, beber
de mis ríos, oler de mis flores, apreciar mis latidos, quemarme en mi propio
fuego de pasión y coraje.
Fueron los
tiempos del cerezo y las canciones, los cielos estrellados y las estrellas en
arbolillos de Navidad. Secándome al sol mi estrujado corazón. Mis pequeños
egos, fruto de buenas intenciones, me tendieron innumerables trampas. Amanecía
en escollos y me enredaba en mis propios nudos.
Esos tiempos, ya
no fueron ni van, están todos dentro mío, porque de todos me he servido y todos
me han servido a la vez. Soy su resultado, sus hechos y sus circunstancias. Mis
interpretaciones y mis fantasías. Soy todo eso y tal vez, mientras quede tinta
en el tintero. Mientras siga festejando el sol y las hojas en mi patio, los
rosarios entre mis dedos, el buen vino, el buen sexo.
En general no
reniego de destinos ni planeo utopías. Pues soy mi destino y todas esas
utopías. Porque nací de un inmenso deseo, me rodé de todas las posibilidades,
aunque apenas pude intentar algunas. Unas pocas. Casi las cuento con los dedos
de una mano. Casi las cuento.
Viví grandes
momentos. Inmensos. Profundos. Pienso seguir en este camino. No sea cosa que me
deje atrapar en demasía por el sistema, de lo que otros esperan de mí. ¿Y yo
sin mí, de qué sirve? Para qué alimentar un corazón si deja de latir.
A medida que el
tiempo corre, se vacían o se llenan los espacios. Sentimos que caen las
esperanzas, que incluso soñamos menos. Es difícil sostener el propio deseo.
Pero a diario, trato de juntar todos los pedazos y volver a construirme de
nuevo. Será así mientras viva, incluso mientras muero. No me voy a permitir
dejar de permitirme.
Ya mis manos no
sostienen lo que otrora podían. Pero sostener a veces es bueno. A veces no. Es
como todo. Uno se obsesiona con los apegos. Y los apegos te impiden continuar
el viaje. Cargan de piedra tu mochila e incluso pareciera que no es necesario
ni siquiera, llevar mochila.
Y uno es
ciudadano de su tiempo, de sus historias, de sus juegos. Vamos por la vida,
porque somos parte de ella. Y somos parte de su juego. Y estamos así, quietos,
congelado en nuestros resquemores, prejuicios, silencios. Aleteamos bajito,
para no despertar al viento. Pero qué significa andar, si no es detenerse
para seguir mejor. Para orientarse. Observando las señales del camino. Aún
mejor estando atento a las señales de nuestro interior. Que es nuestro motor para
seguir caminando. Y seguir jugando.
Tengo todos los
temores. Pero también tengo todas las posibilidades para enfrentar los miedos.
No reniego de ellos. Sólo hay que saber cómo vincularse. Hacerse amigo.
Escucharlos, Indagarlos. Entenderlos. Los miedos nos dicen algo, nos advierten,
nos protegen. Se les ha hecho mala prensa. Pero en realidad, ellos no son los
culpables. Estamos tirando la pelota afuera. Somos nosotros los responsables de
lo que con nuestros miedos hagamos. Y a pesar de ellos. De manera tal que
nuestros miedos, pueden habilitar-nos al mismo tiempo a abrir el juego. Abrir
posibilidades. La apertura no está en el camino, sino en mis pasos. El camino
sólo tiene sentido, cuando decido recorrerlo.
Abramos el juego
y que sea el camino el tablero, dónde distribuyamos las fichas no sólo de
nuestros miedos, sino las fichas justas de aquello que podemos hacer a pesar de
ellos. Desde adentro. Porque todo camino empieza en nosotros.
Son más los
momentos dónde todo no nos queda claro. Y lo vivimos a veces con angustia, o
preocupación. Como una carga, o como una broma pesada, que algún
"malo" al que hemos investido de toda maldad, nos ha hecho, para
joder-nos. Sin embargo, soy renuente a creer en esas certezas y casualidades.
En la magia de poner afuera la belleza o la fealdad. La belleza o la fealdad
depende de los ojos con que miramos el paisaje. Con los pies con que recorremos
el camino. Así convertimos una piedra en un obstáculo, o en un excelente lugar
dónde descansar,
En el juego del
camino, el camino es nuestra propia vida. Y en ese camino, hay árboles que abrigan sombras y sombras que
abrigan árboles, sin dejar que veamos los bosques. Charcos que nos parecen
mares, saltos al vacío o vacíos que nos impiden incluso saltar pequeños
obstáculos, de ese camino. Las posibilidades de los destinos por elegir, Pues
no importa la meta. Te diría que ni siquiera importa el camino en sí. Porque
después de todo, cada uno vive su vida cómo se le da la gana. Lo que importa es
lo que hagamos con nuestros pasos. Lo que importa es disfrutar. A pesar de las
piedras, de los árboles, de las sombras, de los charcos, de los saltos e
incluso de aquellos que por zonzera, ingenuidad e ignorancia, erigimos como
magos. Seamos nuestros propios magos y no le cedamos la varita a otro para que
nos manipule y nos diga por dónde hay que avanzar. No le des poder a tus
zapatos. El poder está en tus pies. En tus piernas. En el motor que nos mueve,
que somos nosotros mismos.
No me gustan las
estructuras rígidas. Me manejo mejor cuando son dinámicas. Pero la dinámica, la
flexibilidad de las estructuras, no está dada por la estructura en sí. O por lo
menos, gracias a los cielos, y a la mayoría de las cosas, hechos y circunstancias
que aún desconocemos, tenemos la última palabra. El libre albedrío de decidir
en base al deseo y el propio goce. Porque nada nos determina si podemos
trabajar en forma constante en este proceso de auto-consciencia, de
individuación, de auto-realización. Sí, las estructuras con el tiempo se
rigidizan. Pero también con el tiempo aprendemos. Y ganamos experiencia. Y
ganamos seguridad a partir de conocernos a nosotros mismos más y más. Y poder
interpelarnos. Sin agredirnos, sin menospreciar-nos. No somos perfecto y es
bueno que esto así sea, porque el camino de la vida, el proceso, es mejorar
cada vez, no ser perfecto. Podremos así reconocer piedras que nos sirvan para
sentarnos a descansar o para seguir jugando a los saltos, sin doblegarnos a
ellas como obstáculos, cediéndoles el poder de la obstrucción.
A veces,
soy tan flexible que pierdo mis criterios. Tengo entonces que recomponerme e ir
hasta las márgenes y los bordes, los límites y las fronteras. Los criterios los
afirmo en causas y en la experiencia. Recorro espacios aún a tientas. Dejo
a los costados, las cargas de las que voy tomando consciencia. Pues lo
único que me queda claro, es que no puedo detenerme. No hasta que me transforme
en recuerdo. En olvido. En un sueño. Trans-forme en una nueva forma que me
permita ser mejor y estar más capacitado para ayudar a otros a trans-formar-se.
Querido lector,
gracias por haber llegado hasta acá. No hay moraleja en este texto. Son sólo
palabras que han surgido por el gusto de escribir. Por el placer de contar. Por
la alegría de compartir. Son sólo un manojo de letras, organizadas de manera
tal, que siga el juego. 😂😂😂
Play again. And again. Game is not over, yet. Never.
Juan del PEAA.



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